EL LADO OSCURO DE LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD

FELICIDAD

“Si se trata de limitar nuestros deseos, el hombre más feliz es el que está muerto”

Puede que Don Draper, el genio publicitario de Mad Men, fuera capaz de expresar algo indescifrable durante milenios para la psicología, la antropología o las ciencias políticas cuando dijo que «la felicidad es el olor de un coche nuevo». Pero más allá del aroma a tapicería recién estrenada o cualquier otro artículo de lujo, el concepto sigue siendo hoy difícil de resumir. Y lo que es peor: su persecución tiene algo de mirada al abismo, a pesar de que las gráficas sobre renta, longevidad, mortalidad infantil, alfabetización e igualdad de género demuestran que la Humanidad vive su mejor momento.

«¿En qué consiste hoy, en la aldea global y en la sociedad de consumo, la felicidad? ¿Cómo lograrla? Es posible que esta última pregunta esté mal planteada, al menos en parte. Formulada así, da la impresión de que la felicidad es algo que ahora mismo no existe y que nunca podrá existir: una especie de tierra prometida que, si se alcanza, será para siempre; un ideal de perfección que nada tiene que ver con las vicisitudes humanas ni con la historia de las civilizaciones. Quien busque la vida perfecta o la sociedad perfecta no la encontrará. Antes al contrario. No es casualidad que la utopía de un mundo feliz haya desembocado, paradójicamente (o no tanto), en el resultado opuesto», reflexiona el profesor y columnista Emanuele Felice en Historia económica de la felicidad (Ed. Crítica).

Felice (Lanciano, Italia, 42 años) aborda la felicidad en su ensayo desde una perspectiva original: la que conecta desarrollo económico y satisfacción vital. Eso le lleva a estudiar las tres grandes revoluciones -cognitiva, agrícola e industrial- que cambiaron al ser humano y, con él, la noción de felicidad. Un recorrido histórico de la mano de Epicuro, San Agustín, Thoreau o Bertrand Russell que le conduce hasta nuestro presente, no tan de color de rosa como lo pintan los Nuevos Optimistas de Steven Pinker.

Así, este doctor en Historia Económica que da clases en la Universidad de Chieti-Pescara sostiene en su libro que la felicidad «se ha convertido en una imposición» y que «anticipa formas de control mental» sólo entrevistas por la literatura de ciencia ficción. Y pone ejemplos: la cadena británica de comida rápida Pret a Manger exige a sus camareros que sonrían todo el tiempo a sus clientes… y envía inspectores de incógnito a los locales para comprobar si dicha política se cumple; las aplicaciones que miden el estado de ánimo a la manera de un podómetro emocional (Track Your Happiness, Moodscope, Youper…) se multiplican en los móviles; los países donde no existe libertad política y en los que la libertad privada sufre restricciones, como Emiratos Árabes Unidos, anuncian la creación de su propio Ministerio de felicidad sin disimular que es sólo propaganda de cartón piedra…

Y luego está la paradoja de las paradojas: la presencia de un monje budista experto en felicidad en el Foro Económico Mundial de Davos hace seis años. La puesta en escena bufonesca de lo que los analistas del bienestar llaman paradoja de Easterlin, que establece que a partir de un determinado nivel de ingresos la felicidad no aumenta, sino que disminuye, ya que el objetivo del enriquecimiento pasa a tener prioridad sobre la calidad de las relaciones humanas.

Visto todo esto, ¿somos más felices sí o no, y por qué? «Si entendemos la felicidad en términos de posibilidades de realización, del derecho a buscar la felicidad como lo recogió la Declaración de Independencia americana, la respuesta es sí. Al menos con respecto a la primera época industrial y a la agrícola, cuando las condiciones materiales y también las libertades personales eran incomparablemente peores», admite el autor. «Pero eso no significa que la Historia se haya acabado, como escribió Fukuyama».

Felice, que parecía predestinado desde el propio apellido a ocuparse del tema, argumenta en su trabajo que en esta sociedad hiperestimulada hay dos tipos de felicidad: una hedonista y otra ética. ¿Cómo conviven? «Al menos en términos teóricos, gracias al progreso tecnológico. Esto nos permite hoy tener una vida de compromiso con el bien común sin renunciar a los placeres materiales, algo que en el pasado era imposible. Gracias al progreso, por ejemplo, la esclavitud (y la explotación animal) ya no es necesaria para nuestro bienestar. O piense en la emancipación, incluso sexual, de las mujeres, en qué medida la invención de la píldora anticonceptiva en los años 60 fue fundamental». Aunque alerta: «Estas mejoras que combinan los placeres y la ética no son obvias. Imaginemos cuáles serían las consecuencias para nuestra felicidad si el progreso tecnológico de hoy estuviera en manos de los nazis».

El docente italiano reflexiona en su ensayo precisamente sobre la mejora sin precedentes que supuso la Revolución Industrial y cómo las máquinas empezaron a liberar al hombre de la fatiga laboral. Ahora que vemos los efectos de la automatización del empleo en casi todos los sectores, ¿cómo puede afectarnos no tener que trabajar?

«Nos hallaremos en una encrucijada. Por un lado, tenemos la perspectiva esbozada por Keynes en Perspectivas económicas para nuestros nietos (una conferencia celebrada en Madrid, por cierto): un mundo en el que todos trabajan poco, viven bien y tienen tiempo libre para dedicarse a los placeres de la vida», augura Felice. «O bien un mundo dividido en dos, en el que una minoría ejecuta trabajos en los que se realiza y la otra parte de la Humanidad sobrevive como consumidora y es esencialmente infeliz. Y si pensamos en cómo podría interferir la biogenética, el escenario sería el de dos grupos donde la mayoría que no trabaje tendrá que perder el derecho al voto. ¿Cómo evitarlo? Por ejemplo, mejorando el acceso a la educación. En Occidente, en los últimos años, observo que estamos yendo en la dirección contraria».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *